La tienda tiene una especie de fina capa de polvo y en el techo algunos hilos de telaraña y es que el tiempo no perdona ni a las gentes ni las cosas, todo muta…

Más arriba, en una pequeña repisa, hay una interesante colección de latas de cervezas, comprende desde la cerveza leona, la Karla, Dorada, Maltina y la Clausen, en homenaje a todas las polas que se tomó Don Lisandro en sus años mozos .
Texto y fotografía por: Leidy Johana Hernández Quiceno
Camino a Palermo, bajando por el recordado Boston, en medio de las enormes casas que alguna vez fueran reunión de los convites, vive don Lisandro Peláez, uno de los personajes más emblemáticos del barrio Palermo. Cualquiera que busque su casa puede preguntar sin pierde y con confianza pues don Lisandro lleva 36 años viviendo allí, cuando empezó a construir su terruño solo contaba con algunas esterillas y plásticos que hacían de paredes y techo. Eran tiempos difíciles, pero con gratitud don Lisandro recuerda que si no fuera por el congresista Jaime Salazar Robledo, quien le facilitó algunos ladrillos y tejas, quién sabe dónde tendría sus chécheres.
Al fin puede divisarse la casa que tiene un aspecto de fonda, en medio de viviendas estrato tres. La fachada está pintada de un azul celeste acompañada de una línea roja, su peculiar color la hace más vistosa para los transeúntes que saludan al tendero con mucha camaradería. La casa funciona como una tienda y en un letrero azul un poco gastado está la inscripción “Tienda y ferretería El Zarco”.
La fachada la acompañan los carteles publicitarios de leche y cerveza, las ventanas que dejan ver el surtido al fondo, prestas para atender a través de ellas los compradores, aunque ya no son muchos. Hay una puerta roja con una reja por la cual se divisa don Lisandro acompañado de Motas, un french poodle criollo, rescatado por el tendero luego de que mordiera a su primera dueña. Motas llegó a la casa con una pata rota y con el rabo entre las patas.
A la llegada de cualquier visitante, don Lisandro muy amablemente ofrece una cerveza o un fresco. Uno se puede imaginar que cuando estaba joven fue muy buen mozo, tiene unos ojos azules y porte de señor vivaracho, tuvo alrededor de siete hijos y cinco mujeres que no pudieron atraparlo; a la casa se le nota que necesita la mano de una mujer, pues un viejo solo y un poco enfermo no puede atender la casa siempre, así que en medio de un poco de desorden y caos don Lisandro arregla un poco su casa, no le gusta estar quieto y con gran orgullo muestra en la parte derecha un comedor que al dar algunos pasos deja ver sobre él muchos objetos. Don Lisandro es un acumulador de cosas.
En el pequeño comedor de madera y de sillas de cemento hay una pared de estacas de madera amarilla, allí se sienta a fumarse un pucho y cuenta que esa pared la construyó con un amigo que le regaló una carpeta de bolas de madera, de esas que ponen los taxistas en la silla. Así que como buen hombre agradecido don Lisandro desbarató la carpeta y pintó cada bolita con el tricolor de la bandera e hizo una guirnalda a lo criollo, en medio hay un pequeño año viejo que tras mucho pensarlo lo dejó ver la víspera de año nuevo del 2010, así que como buen cuidador le consiguió zapatos y un saco para que se viera más presentable.
La sala comedor parece un san Alejo, pero al lado hay un voluminoso tallo de árbol de mangos. Don Lisandro construyó respetando el árbol y al parecer ambos se han cuidado mutuamente, pues el tallo es ahora otra pared y tiene el retrato de un tucán, acompañado de una bien cuidada virgen. Más arriba, en una pequeña repisa, hay una interesante colección de latas de cervezas, comprende desde la cerveza leona, la Karla, Dorada, Maltina y la Clausen, en homenaje a todas las polas que se tomó Don Lisandro en sus años mozos y con las que conoció y compartió con amigos y amigas del alma. Más arriba, en el techo, hay inflables de cerveza y cuanto colgandejo le regalan, hay placas de refranes muy paisas y más al fondo, en una ventana roja, hay una pequeña muñeca que mira con ojos de cristal y se asemejan a los de su dueño. La pequeña niña está rodeada de cajas de gaseosa y cartones y de una lámpara de hojitas de laureles griegos rosados para mitigar el frío de las noches.
Dentro de la tiendita hay una cantidad de olores y cosas por descubrir, hay unas enormes repisas de vidrio donde se observan materiales de ferretería, entre tornillos y tubos que pareciera nadie fuera a comprar. La tienda tiene una especie de fina capa de polvo y en el techo algunos hilos de telaraña y es que el tiempo no perdona ni a las gentes ni las cosas, todo muta, y de un momento el gris polvo se confunde con el de las canas; pero en los ojos de Lisandro Peláez pareciera que su color no se manchara ni se gastara, es la ventana de su alma.
Don Lisandro lleva las cuentas con gran orden, con números grandes y redondos tiene una barra que conduce a la ventana y le sirve como mesa. La tienda y sus abarrotes tienen un color un poco gris, el techo es alto y la pintura de cal no permite entrar mucha luz, un poco más al fondo está la habitación que la cubre una tela blanca. Al frente está el baño y doblando a la izquierda está el tesoro líquido que se encuentra en el patio de ropas, allí hay tanques y canecas con chicha fermentada, todo está lleno de cajas y cáscaras de frutas. Don Lisandro produce chicha desde que en un pueblito del Cauca emborrachá a un indígena para robarle la receta de la tan aclamada chicha; pero el secreto es el dulzor de la panela, la medida perfecta de cáscaras de piña o papa y un lugar que tenga una temperatura templada y una mediana oscuridad.
En la parte posterior del lavadero de cemento están unos galones y botellas de chicha; es una selección especial del contenido pues tiene alrededor de dos años, lo que la ha convertido en una bebida añejada similar al ron. Con orgullo don Lisandro saca una botella de vidrio de whisky escocés, y en su contenido la preciada bebida de tres años de fermentación. La chicha es vendida al público por la módica suma de 800 o 3.000 pesos. En la entrada de la casa se pueden detallar, en una muy elaborada repisa, tres botellas para que la gente puede preguntar por los cómodos precios. Los jóvenes, quienes son los mayores consumidores, conocen el camino a la casa de don Lisandro, un lugar detenido en el tiempo.
De salida del patio, en medio de los bálsamos, hay un racimo de tripas para hacer chorizos, ya son transparentes y las moscas las acechan. Pareciera que el patio tuviera otra vida, allí hay luz y otros matices, acompañado de las abultadas canecas de chicha y guarapo.
Ya afuera se puede detallar que la casa está detenida en el tiempo, es una pequeña estancia que invita a todo aquel que pasa a tomar chicha y disfrutar de las historias y anécdotas del hombre zarco que fundó un barrio a través de convites y borracheras chicheras.
Salud por don Lisandro Peláez.